Fundamentación

    Existe una viejísima polémica entre los traductores ingleses de los poemas homéricos que se conoce como el debate Arnold vs. Newman, que gira en torno al carácter “noble” de un texto clásico. Para Mathew Arnold, traducir Homero requiere de una lengua elevada, en parte porque no es posible para nosotros conocer el valor original de sus palabras. Dicho de otro modo, Homero debe ser traducido como un clásico porque para nosotros, es un clásico. Para Francis Newman, el estilo de una traducción debe respetar el del texto original y, como el estilo homérico está saturado de rasgos que no se corresponden del todo con los que atribuiríamos a un poema elevado, la traducción debe hacer lo mismo.

    Este debate, que debe ser resuelto de una forma u otra por todos los traductores de Homero (y de todos los textos antiguos), es en realidad una amalgama de tres debates diferentes: qué actitud debe tener el traductor ante los clásicos, cuál es el objetivo final de la traducción de un texto literario y qué grado de conocimiento tenemos sobre el texto homérico como para traducirlo.

    Sobre el primero, no parece viable seguir sosteniendo hoy en día un modelo de aproximación al “canon” propio del s. XVII, en el que se configuró la imagen de la Antigüedad grecorromana según un criterio estético en donde lo noble, elevado, equilibrado y homogéneo eran la norma de la calidad. Ningún investigador en su sano juicio podría defender la idea de que un modelo de este tipo es válido para toda la poesía antigua, ni mucho menos pensar, por ejemplo, que los poemas simposíacos de Anacreonte comparten un ideal estético con la épica homérica, la comedia de Aristófanes o los yambos de Calímaco. La Antigüedad, como todas las épocas de la historia humana, está repleta de compositores de todo tipo, gustos estéticos variados y ocasiones poéticas diferentes.

    Que esto sea innegable no va en detrimento de que parece haber sido sistemáticamente negado. Los que han frecuentado el “canon” de la literatura griega antigua saben que existe un “castellano de traducción” en el que los traductores caen por defecto y que homogeneiza los lenguajes de, entre otros, Homero, Esquilo, Platón, aunque nadie podría afirmar con seriedad que el griego de estos autores se parezca. La razón de fondo es que el ejercicio de la traducción se realiza menos pensando en las cualidades intrínsecas de una obra y más pensando en lo que los receptores actuales piensan que esa obra debe ser.

    Ahora bien, es claro, como ha demostrado Lawrence Venuti y se sabe desde siempre, que cualquier traducción es un acto interpretativo y que esa interpretación se realiza desde el lugar de la cultura receptora. Toda interpretación es en alguna medida una domesticación, pero esto no implica necesariamente que todas las estrategias establezcan la misma relación entre el texto de origen y la cultura de llegada. Es posible interpretar ampliando los horizontes de una cultura, no sometiendo un texto a sus cánones establecidos. Algunos ejemplos de la “sistemática de la deformación” que ha desarrollado Antoine Berman bastan para probar esto.

    De las trece tendencias destructivas que el autor sistematiza, son tres las que más se ajustan a la metodología de trabajo con los clásicos: la racionalización, la clarificación y el ennoblecimiento. Es importante notar que, según Berman, es imposible traducir sin caer en alguna de ellas; el deber del traductor es tomar consciencia del riesgo para atenuarlas en la mayor medida posible. La primera tendencia consiste en el aplanamiento sintáctico del original, es decir, la eliminación de lo diferente o defectuoso. Por supuesto, cualquier traducción debe intentar entender la sintaxis del texto traducido y, en un caso como el del texto homérico, eso a veces demanda tomar decisiones respecto a algunas oraciones ciertamente oscuras. Sin embargo, una cosa es resolver, en el v. 1.11, tòn Khrýsen entendiendo el tòn como un pronombre y no como un artículo, traduciendo “a aquel, a Crises”, porque la sintaxis homérica no incluye la estructura artículo+nombre, y otra muy distinta es, cuando en el v. 1.581 el dios Hefesto comienza una prótasis condicional que después no tiene apódosis, traducir también una apódosis que no se encuentra en el poema.

    La clarificación consiste en resolver lo que en el texto original es deliberadamente ambiguo u obscuro. Este defecto parece más grave que el anterior, en particular porque muchos traductores suelen defenderlo como una necesidad. De nuevo, es evidente que hay casos en que esto es así: cuando nos encontramos con un homónimo sin equivalente, no existe manera de evitarlo. En el 1.482, por ejemplo, la palabra porphúreon puede querer decir “hinchado, revuelto” o “purpúreo”, porque en griego ambos adjetivos suenan y se escriben igual; sin embargo, a la hora de traducir hay que optar por una de las opciones. Pero esto no justifica eliminar ambigüedades funcionales: cuando las formas de género neutro se acumulan en los vv. 1.525-526, dificultando la comprensión de las relaciones sintácticas, la traducción debe al menos intentar preservar esto.

    Finalmente, el ennoblecimiento es, para Berman, la voluntad de hacer un texto más “bello” que su versión original. Por supuesto, esta belleza es banal: consiste en producir frases elegantes o más “poéticas” a partir del texto de origen, convirtiendo el ejercicio de la traducción en una reescritura que lo ajusta a supuestos cánones de la cultura receptora.

    Todas estas observaciones nos permiten ofrecer una respuesta contundente al primero de los puntos del debate Arnold vs. Newman: la actitud de un traductor ante los clásicos no debe diferir de su actitud ante cualquier otro texto, lo que nos lleva a la segunda cuestión, es decir, cuál debe ser el objetivo de la traducción de una obra literaria.

    No existe una única respuesta para esto y la bibliografía sobre el tema es vasta. Adherimos aquí a las palabras de Francisco Muñoz Martín y Martín Valdivieso Blanco (2014: 79), que consideran que la traducción debe ser “un factor de enriquecimiento de la sociedad y de la lengua, una puerta de entrada, como espacio de contacto entre representaciones del mundo de unos y otros.” Eso implica que la tarea del traductor es preservar lo más posible de la “representación del mundo” que transmiten, en nuestro caso, los poemas homéricos, haciéndola accesible a los receptores contemporáneos sin que esa accesibilidad vaya en detrimento de la diferencia de las representaciones. Entender Homero es entender por qué el mundo de Homero es diferente del nuestro.

    Esto, como todo, suena mucho más sencillo de lo que es. Para hacerlo hemos optado por seguir los lineamientos del modelo “estilístico-cognitivo” defendido por Jean Boase-Beier, en donde la traducción se apoya en un conocimiento profundo del estilo del poeta y los efectos mentales que ese estilo tendrían en los receptores originales.

    Lo que nos lleva, naturalmente, al tercer aspecto del debate Arnold vs. Newman: qué grado de conocimiento tenemos sobre el texto homérico para hacer semejante cosa. En principio, podemos decir con certeza que uno muchísimo mayor que los propios Arnold y Newman, cuya discusión data de finales del s. XIX. Sabemos que los poemas homéricos son producto de una tradición oral (VER El canto), sabemos que esa tradición produjo un lenguaje en el que los rapsodas componían y sabemos, sobre todo, que los poemas fueron diseñados para ser oídos. Esto, por supuesto, sin contar lo mucho que hemos aprendido del griego homérico en los últimos cien años.

    Pero saber más no es saber suficiente. ¿Podemos hablar de un estado del conocimiento que nos permite reproducir los efectos mentales de los receptores originales? No es posible responder a esta pregunta. No teniendo acceso a esos receptores, debemos basarnos en los propios poemas o en comentarios de autores posteriores, muchos de los cuales leían a Homero antes de hablar de él, para saber qué tan próximos estamos a la experiencia de una recitación rapsódica. Y nada de esto nos dice mucho de los oyentes de épica del s. VIII a.C.

    Estamos, sin embargo, habilitados para considerar que nuestro conocimiento nos permite una aproximación general adecuada a los efectos mentales que buscaban producir los poemas. Esto es porque cien años de estudios en teoría oral han descifrado mucho del código del lenguaje homérico, facilitando nuestra comprensión de aspectos como el sistema de alusiones mitológicas, la colocación de fórmulas, la distribución de las palabras en el verso, la estructuración de los eventos, la temporalidad de la narración, etc. Los detalles pueden escapársenos y muchos casos individuales generarnos problemas, pero estamos en condiciones de emprender el desafío.

    ¿Qué queda, entonces, del debate Arnold vs. Newman? El prejuicio sobre los clásicos debe quedar en el pasado, habiendo adquirido una visión de la Antigüedad mucho más sofisticiada y precisa. Como traductores, emprendemos la tarea de acercar a Homero al público actual, asumiendo con ello la responsabilidad de acercar un mundo diferente del nuestro a personas que no lo conocen. Para ello, estudiar y entender ese mundo en la medida de nuestras posibilidades es imprescindible. La tarea del traductor es invariablemente colectiva, por ello, porque detrás de cada decisión que toma hay una tradición de investigadores que lo guían. Hemos intentado respetar el inmenso trabajo de los que nos han precedido a cada paso.

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