El mito

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El mundo de la mitología griega

    El mundo mitológico de los griegos estaba ocupado por diversos tipos de seres. Entre estos, los héroes fueron siempre los más importantes para los poetas. Los dioses, sin duda, ejercían una influencia poderosa en la vida cotidiana de las personas y en los grandes eventos humanos, constituían fuerzas que era necesario temer y apreciar, pero eran inmunes al cambio, inmortales y bienaventurados; la historia, en el sentido importante del término, no les sucedía más que como a espectadores o transeúntes con ocasionales intervenciones significativas.

    Los héroes eran concebidos como seres humanos, en general como seres humanos con capacidades excepcionales. Si bien ninguno podía volar (al menos no sin la ayuda de algún objeto mágico) ni correr más rápido que una bala, su destreza era más que suficiente para destacar en aquello que para las poblaciones antiguas era lo más importante: la guerra, la cacería de bestias salvajes y la defensa de los pueblos.

    La mitología griega abunda en estos personajes, muchos de ellos famosos todavía hoy en la cultura popular, como Heracles (Hércules para los romanos), el hijo de Zeus de increíble fuerza, condenado a realizar doce trabajos para expiar el asesinato de su familia, o Edipo, el rey de Tebas que, sin saberlo, asesinó a su padre y se casó con su madre. Las sagas de estos héroes incluyen numerosas anécdotas, algunas de ellas oscuras, conservadas en apenas una única fuente. La mayor parte incluye hazañas individuales, duelos con bandidos o monstruos y las habituales burlas del destino que los poderosos sufren invariablemente en el pensamiento griego.

    En buena medida, esto se explica por el localismo que imperó en Grecia durante toda la historia antigua. Contra lo que la misma palabra “Grecia” podría sugerir, entre los griegos jamás existió algo parecido a una única consciencia nacional; incluso cuando la distinción entre “nosotros los griegos” y los “bárbaros” era clara para todos y había una cierta percepción de una historia común (sobre todo gracias a los poemas homéricos), la realidad es que cada etnia (jónicos, dorios, eólicos y arcado-chipriotas), cada región (el Ática, Jonia, Arcadia, Tesalia, Laconia, etc.) y hasta cada ciudad (Atenas, Tebas, Esparta, Mileto, entre docenas de otras) se concebía a sí misma como una entidad autónoma, distinta e independiente de todas las otras. Cada una, además, tenía su propia historia y sus propios héroes, cada uno de ellos con sus propios logros y triunfos, no pocos de los cuales tenían como víctimas a otros héroes de otras ciudades.

    Por eso, las grandes gestas pan-helénicas (es decir, “de todos los griegos») son poco habituales y extraordinarias, y se organizan en grupos de historias conocidas, diferentes tradiciones temáticas que incluían muchos eventos particulares, cada uno de los cuales podía ser relatado en un poema distinto. Las ciudades se enorgullecían de tener héroes que hubieran participado de estas gestas y, no pocas veces, intervenían los mitos para que esto fuera así. El papel de los poetas era fundamental en este proceso, y por eso el poeta no solo tenía la responsabilidad de entretener, sino que era el guardián de la historia y el vehículo del orgullo y prestigio de una ciudad (VER El canto).

La mitología griega conocía cuatro grandes gestas panhelénicas: la expedición de los argonautas, el ciclo tebano, la cacería del jabalí de Calidón y la guerra de Troya. En todas ellas, héroes de todo el mundo griego (las listas, por lo dicho antes, varían de forma considerable) se unían con un objetivo común: recuperar el vellocino de oro, capturar la ciudad de Tebas, cazar un monstruo enviado por Ártemis o tomar la ciudad de Troya. Aunque cada una de estas sagas es importante, incluso fundamental para la historia de muchas ciudades griegas y de la cultura helénica en general, el ciclo troyano es sin lugar a dudas la más significativo de todas. No sólo constituye la última y más espectacular expedición de la época heroica, sino que abarca también una enorme cantidad de historias posteriores que se ocupan del regreso de los guerreros griegos a sus respectivos hogares (los Nóstoi).El largo “Catálogo de la naves” del canto 2 de Ilíada demuestra que una parte inmensa de las ciudades griegas pretendía haber tomado parte en la guerra. Es larga la lista de nombres que no significan nada para nosotros pero que, para habitantes de esos pueblos, constituían un motivo de orgullo y un vínculo con un pasado glorioso. Esos héroes no solo permitían a los ciudadanos de las póleis (las “ciudades-Estado”) jactarse por la presencia de uno de sus antepasados en la más grande gesta de su cultura, sino que también se imaginaban como protectores sobrenaturales después de su muerte. De la misma manera que los dioses no eran solo figuras que explicaban el origen del mundo, sino que se percibían como presencias constantes en la cotidianidad -atravesada por las plegarias, los sacrificios y los ritos- los héroes no eran solo personajes del pasado, puesto que su capacidad de proteger y engrandecer a sus patrias sobrevivía a su muerte. La mitología era también la historia para los griegos antiguos, y esa historia continuaba viva porque sus protagonistas, en buena medida gracias a la labor de los poetas, estaban más allá de la muerte.

El mito de Troya (antehomérica)

El mito de la guerra de Troya comienza con una profecía que, entre otras fuentes, conserva Píndaro en su Ístmica 8, donde cuenta que Zeus y Poseidón competían por la mano de la nereida Tetis, hasta que la diosa Temis (la personificación de la justicia) les informó que cualquier hijo de ella sería más poderoso que su padre y capaz de ocupar su lugar (en otras fuentes el profeta es el titán Prometeo). La amenaza, ligada al mito de la sucesión de generaciones y la profecía del padre de Zeus, Cronos, a su hijo, cuando este lo desplazó (“otro hará lo mismo contigo”), fue acompañada de un consejo: entregar a Tetis como esposa al mortal Peleo, rey de Ftía.

    La boda fue un evento extraordinario, al que asistieron todos los nobles de Grecia y los dioses del Olimpo llevando regalos (algunos de los cuales se enumeran en Il. 16.866-867 y 18.82-85). La única que no fue invitada fue Discordia, que, ofendida por esto, irrumpió en la cueva del centauro Quirón donde se realizaba la celebración y arrojó una manzana, con la inscripción “para la más bella” (existen variaciones de esta parte, pero la pelea entre las diosas por saber quién es la más hermosa es una constante). Enseguida, Hera, la esposa de Zeus, Atenea, su hija, y Afrodita, la diosa del amor, reclamaron para sí el premio. Como la disputa no parecía poder solucionarse, el Cronida ordena que las diosas sometan la decisión a Paris, un campesino troyano que era en verdad hijo del rey Príamo.

    Fue también una profecía la que hizo que el príncipe estuviera viviendo como un siervo en los alrededores de la poderosa ciudad de Troya. Cuando Hécuba, su madre, estaba embarazada de él, había soñado una noche que daba a luz un leño ardiendo, lo que el profeta Ésaco u otra hija de Príamo, la famosa Casandra, interpretan como indicación de que el hijo que llevaba en el vientre causaría la destrucción de la ciudad. Al nacer el niño, su madre lo entrega al campesino Agelao para que lo abandone en el monte Ida. Allí el bebé es amamantado durante cinco días por una osa y, finalmente, acogido por el mismo Agelao y criado como su propio hijo (una vez más, existen otras versiones, pero todas terminan con el mismo resultado; este tipo de variaciones constituyen una constante en la mitología griega).

    Es a este personaje, ya adulto, al que las tres diosas se aproximan para que resuelva la disputa, y las tres intentan sobornarlo para que falle a su favor. Cada una ofrece un regalo en su área de influencia: Atenea promete hacerlo un guerrero invencible, Hera, otorgarle un poder real absoluto e inconmovible (con diferentes alcances dependiendo de la fuente) y, por último, Afrodita le ofrece la mano de la más hermosa de las mujeres, Helena, hija de Zeus y esposa del rey de Esparta, Menelao. Es este último presente el que Paris acepta, declarando ganadora de la disputa a la diosa del amor. Ello constituye un punto de inflexión en la relación de Atenea y Hera respecto a Troya, explicando en parte la razón por la que son estas dos divinidades las principales impulsoras de su destrucción en Ilíada.

    Después del juicio, Paris visita la ciudad de Troya durante unos juegos y es reconocido por su padre Príamo, que lo restituye en su lugar legítimo como príncipe, junto con el primogénito Héctor y otros cuarenta y ocho hermanos. Por consejo de Afrodita, entonces, prepara una expedición hacia Grecia, en donde visita Esparta. Allí, la diosa provoca el amor de Helena y, cumpliendo su promesa, ayuda a Paris a raptarla.

    El príncipe troyano comete entonces un error por partida doble: no solo se enemista con uno de los Estados más poderosos de la época, Micenas, regida por Agamenón, hermano de Menelao, sino que detona, por así decirlo, una “cláusula” en un juramento realizado por los más importantes reyes de Grecia cuando eran pretendientes de Helena. En efecto, el mito cuenta que, cuando Tindáreo, su padre putativo (porque Helena solía considerarse hija de Zeus), estaba buscando un marido para ella (como en diversas sociedades, en la Grecia antigua los matrimonios eran arreglados entre los varones), fueron muchos los que se acercaron para pedir su mano. Entonces, el rey de la isla de Ítaca, el famoso Odiseo, le ofrece una solución para no enemistarse con ninguno por favorecer a otro, a cambio de que Tindáreo lo ayudara a casarse con su sobrina, Penélope, hija de su hermano Icario. El consejo era simple: hacer que todos los pretendientes juraran que protegerían al que fuera beneficiado y actuarían si recibiera algún ultraje.

    El juramento de los pretendientes de Helena constituye la base para el reclutamiento de la expedición contra Troya tras su rapto. Aunque algunos se muestran reticentes (Odiseo, por ejemplo, finge estar loco para no unirse, pero es descubierto por Palamedes, hijo de Nauplio), el ejército griego más grande constituído hasta entonces se reúne en Áulide, un puerto de Beocia. En algunas versiones del mito, zarpan desde allí pero son dispersados por los vientos y vuelven a su patria, pasando ocho años antes de juntarse de nuevo para una nueva expedición. Más conocido que este evento es el hecho de que, por el enojo de Ártemis (cuyas razones varían según la fuente), Agamenón se ve obligado a sacrificar a su hija Ifigenia para obtener buen viento para el viaje. Es casi seguro que en la forma primitiva de esta historia la doncella era efectivamente sacrificada, pero una modificación posterior, en parte motivada por el deseo de eliminar el sacrificio humano (cuya realidad en Grecia por fuera del mito es discutida entre los expertos) y en parte para explicar ciertos vínculos del culto de Ártemis con la zona del Quersoneso Táurico (la actual península de Crimea), hizo que la diosa reemplazara en el último momento a Ifigenia por una cierva, transportando a la hija de Agamenón hacia la tierra de los tauros.

    Tras un accidentado paso por la isla de Ténedos, donde Aquiles mata por un error al rey Tenes, y el abandono del héroe Filoctetes, mordido por una serpiente venenosa que le provoca una herida con un olor insoportable, en la entonces deshabitada Lemnos, la flota arriba a Troya y establece allí un campamento, desde el cual envían una embajada a los troyanos para reclamar la devolución de Helena. La asamblea de la ciudad no solo rechaza este pedido, sino que intenta matar a los embajadores (Menelao y Odiseo), suceso que sella el destino y da inicio a la guerra.    El poema de Homero comienza en el décimo año del sitio de Troya, también llamada Ilión (de donde “Ilíada”), pero resume, reelabora o menciona eventos de la totalidad de la guerra. Sobre los particulares nos ocuparemos en notas, pero un evento que no es aludido por Homero merece mencionarse: la muerte de Palamedes. Como se observó arriba, fue este héroe el que descubrió el engaño de Odiseo, obligándolo a unirse a la expedición. Queriendo vengarse por esto, Odiseo elabora una trampa: entierra una bolsa de oro en la tienda de Palamedes, escribe una carta para Príamo que entrega a un prisionero troyano para que lleve y luego hace que uno de sus soldados mate a este prisionero cuando marchaba hacia la ciudad. La carta, por supuesto, contenía la promesa de Palamedes de entregar el campamento griego a cambio del oro. El héroe es condenado a morir lapidado por esta traición, consumándose así la venganza de Odiseo; las consecuencias de esto, sin embargo, son catastróficas, puesto que, una vez finalizada la guerra, el padre de Palamedes, Nauplio, para castigar a los griegos por la muerte de su hijo, encenderá un falso faro en el cabo Cafereo de Eubea durante una tormenta, enviando a muchas naves griegas a su destrucción. Será el primero o uno de los primeros sufrimientos por los que la expedición griega pasará en su regreso de Troya.

Los eventos de Ilíada

Los griegos no pasaron una década sentados alrededor de la ciudad, sitiándola, sino que realizaron numerosas incursiones en su área de influencia (lo que refuerza la idea de que “Troya” no era una solo ciudad, sino una región; VER La historia). En estos asaltos, entre otros muchos lugares, atacan Lirneso, de donde traerán a la cautiva Briseida, que será entregada a Aquiles como botín, y Tebas Hipoplacios, lugar en donde se hallaba Criseida, la hija del sacerdote del dios Apolo Crises, entregada a Agamenón. Crises va al campamento aqueo llevando un rescate por ella, pero Agamenón lo rechaza, provocando la ira de Apolo que desencadena una peste en el ejército. Obligado por esto a devolver a Criseida, el rey se apropia de Briseida y esto encoleriza a Aquiles, que promete no volver a luchar por los griegos (las variaciones en la forma de esta promesa a lo largo del poema constituyen una sutil muestra del desarrollo del personaje del héroe).

    Estos eventos son narrados en el primer canto de Ilíada con detalle; a partir del segundo comienza lo que muchos críticos consideran un flashback o retrogresión hacia el pasado, puesto que, hasta el canto séptimo inclusive, los eventos que se narran corresponden al inicio de la guerra más que a su final. El escenario es algo más complejo que eso y da muestra de la maestría del poeta: aunque es claro que el catálogo de las naves, la llamada teichoskopía (la presentación de los héroes griegos a los ancianos troyanos hecha por Helena desde la muralla de Troya) el duelo entre Paris y Menelao y acaso el duelo entre Áyax y Héctor no tienen demasiado sentido en el décimo año del conflicto, las hazañas de Diomedes, rey de Argos, solo pueden haber sucedido con Aquiles alejado de la batalla, porque la aparición del héroe opacaría la presencia de cualquier otro. Esta mezcla de hechos del pasado y del presente está organizada, como gran parte del texto, en una estructura anular que fue analizada con gran detalle por Cedric Whitman.

    A partir del canto 8 y del segundo tercio del poema, con una nueva asamblea de los dioses, puede decirse que comienzan los eventos desatados por la ira de Aquiles. Zeus ordena a los dioses no intervenir en la batalla y da la victoria a los troyanos que, comandados por Héctor, avanzan imparablemente hacia las naves aqueas. Con la interrupción de la noche que transcurre entre los cantos 9 (la embajada a Aquiles suplicándole que vuelva a la batalla) y 10 (la casi con certeza espuria “Dolonía”, en la que Diomedes y Odiseo realizan una incursión en el campamento troyano), el ataque deja heridos uno tras otro a los héroes griegos y el ejército retrocede hasta el momento en que Héctor consigue, a pesar de los esfuerzos denodados de Áyax, prender fuego una de las naves en el canto 16.

    En este punto se produce el primer paso del abandono de la ira: Aquiles, ante el pedido de su amigo Patroclo, acepta enviar a sus soldados para rechazar a Héctor; sin embargo, no vuelve a la batalla. La entrada de los poderosos mirmidones (las tropas de Aquiles) permite rechazar a los troyanos, pero, ensoberbecido por el éxito, Patroclo decide ir más allá de lo que Aquiles había ordenado y termina siendo asesinado por Héctor y el dios Apolo.

    Si en el primer tercio del poema la ira de Aquiles es una sombra en el margen de los eventos y en el segundo es la causa de las desgracias, en el tercero se convierte en una fuerza incontenible que devasta las filas troyanas para vengar la muerte de Patroclo. El final del tema de Ilíada (declarado en la primera palabra, mênis, “cólera”) se da en tres etapas: primero, la muerte de Héctor en el canto 22, que consuma la venganza del héroe; segundo, la celebración de los funerales de Patroclo en el canto 23, que garantiza la pervivencia del amigo después de la muerte y restaura el orden en el campamento griego; tercero, la devolución del cadáver de Héctor a Príamo que, en contraste con la negativa de Agamenón de devolver a Criseida en el canto 1, muestra que el mundo heroico ha vuelto a su cauce natural.    Pero todo en Ilíada tolera dobles y triples interpretaciones y, mientras que el tema de la ira se desarrolla, otras partes de la tradición son aludidas y representadas simbólicamente. La muerte de Patroclo es un reflejo de lo que más tarde será la de Aquiles a manos de Paris y Apolo, la de Héctor representa la caída de Troya, los enfrentamientos atléticos del canto 23 sugieren historias y tópicos de momentos posteriores de la guerra y de los regresos (por ejemplo, la disputa entre Áyax y Odiseo por las armas de Aquiles, que concluirá con la muerte del primero). Solo la Odisea es comparable en la literatura griega en su capacidad de condensar significados y tradiciones. Sobre esto, sin embargo, volveremos más adelante.

El final de la guerra

    Más de un poema se ocupó de los eventos posteriores a Ilíada, que pueden dividirse en dos partes: primero, otras historias en el contexto del sitio y, segundo, la caída de Troya.

    Entre los primeros se destacan la llegada de aliados troyanos de tierras extrañas, como la amazona Pentesilea (de la cual Aquiles se enamora, al punto que, tras matarla, tiene relaciones sexuales con su cadáver) y el etíope Memnón, un semidiós hijo de Aurora, también asesinado por Aquiles. El evento más importante de esta etapa, sin embargo, es la muerte del héroe y los combates que se producen en torno a su cadáver, en donde Áyax y Odiseo muestran ser los mejores y más valientes de los héroes griegos. La actuación hace que ambos reclamen para sí las armas de Aquiles (forjadas por el dios Hefesto en el canto 18 de Ilíada), lo que produce un terrible conflicto entre los héroes. Hay diversas versiones de cómo se desarrolla la disputa, pero el resultado es siempre que el ganador es Odiseo. Esto enoja a Áyax al punto de la locura, que lo hace atacar los rebaños de los griegos pensando que son los otros reyes. Al recuperar la razón y darse cuenta de lo que ha hecho, se suicida arrojándose sobre su espada clavada en la tierra.

Los héroes griegos, entonces, capturan -por consejo del adivino Calcas- a Heleno, el profeta troyano, que conocía los secretos para la toma de Troya. Este revela que deben cumplir tres condiciones: llevar allí los huesos del héroe Pélope, contar como aliado al hijo de Aquiles, Neoptólemo, y robar el Paladio (una estatua de Atenea que protegía la ciudad). Odiseo es el encargado de realizar las tres acciones; la última, realizada junto con Diomedes, constituía una de las hazañas más notables en la tradición sobre el héroe y se ha especulado que se simboliza en la “Dolonía” del canto 10 de Ilíada.

   El final de la guerra gira en torno a la famosísima historia del caballo, una estratagema ideada por Odiseo. El truco es bien conocido: se construye un gigantesco caballo de madera hueco, en cuyo interior se esconde un grupo de héroes (de unos pocos a tres mil, dependiendo de la fuente); el caballo se coloca en la llanura troyana con una inscripción que indica que es una ofrenda para Atenea y se abandona el campamento, dejando solo un vigía para dar la señal de ataque. Después de algunas discusiones, los troyanos deciden introducir el regalo en la ciudad; los héroes escondidos dentro de él salen, abren las puertas y la devastan. Aquí también se contaban algunas historias particulares, como la de la violación de Casandra, la hija de Príamo, por Áyax Oileo sobre un altar de Atenea, la muerte de Príamo refugiado en un templo de Zeus, y la de Astianacte, hijo de Héctor y todavía un bebé, arrojado desde la muralla por Neoptólemo u Odiseo.    Pero las aventuras (y desventuras) de los griegos no han terminado, sino todo lo contrario. La ofensa brutal de Áyax Oileo enfurecerá a Atenea, que procura destruir las naves griegas en venganza, enviándoles una feroz tormenta (en la que el mismo Áyax muere aferrado a una roca destruida por el tridente de Poseidón) que arroja a algunos contra las rocas del cabo Cafereo (como ya se ha notado, por obra de Nauplio, el padre de Palamedes; VER El mito de Troya) y dispersará a muchos otros por distintos lugares del mediterráneo. Los eventos por los que pasan los héroes entonces son el tema de la tradición épica de los Nóstoi o “Regresos”.

Los regresos y el final de la época heroica

    Las desgracias de los griegos en su regreso a casa eran un tema popular entre los griegos y de hecho se vinculan con otras tradiciones, como la de Orestes, hijo de Agamenón, cuya historia comienza buscando venganza por la muerte de su padre a manos de su madre, Clitemnestra, la noche de su regreso de Troya. La dispersión de los héroes estimuló la idea de que muchas colonias griegas del mediterráneo se vinculaban con ellos; en Italia, por ejemplo, existía un culto a Diomedes, que se suponía había huido hacia allí después de un regreso desafortunado a Argos.

    Los viajes más famosos son, sin embargo, los de Menelao y Odiseo. El primero, arrastrado por los vientos, desembarca en Egipto, donde, según algunas fuentes, descubre que la verdadera Helena estaba en ese lugar y que la que Paris había raptado era solamente una imagen falsa. En Egipto, Menelao adquiere riquezas que compensan las que ha perdido en el naufragio y regresa a Esparta. El viaje, sin dudas, se vincula con la acción de los mercenarios griegos en la región del Nilo y los vínculos comerciales entre ambas naciones.

    Es, por supuesto, el regreso de Odiseo el que mayor fama ha alcanzado, por lo notable y diverso de sus aventuras, narradas en Odisea. No es posible ofrecer un resumen de ellas aquí; baste decir que, tras diez años de navegar a la deriva por lo que probablemente son diferentes lugares del Mediterráneo, el héroe regresa a Ítaca para encontrar en su palacio un grupo de pretendientes de su esposa y, por lo tanto, a su trono. Con la ayuda de su hijo Telémaco, de dos sirvientes y de Atenea, acaba con todos ellos y restaura el orden en su reino.    Los héroes de Troya son la anteúltima generación de la época heroica; sus hijos protagonizarán las sagas finales de la mitología griega (la “Orestíada” y la “Telegonía”). Aunque la nobleza de periodos posteriores afirmará descender de estos personajes, solo conservarán genealogías con nombres no acompañados de historias. El final del mundo heroico, que coincide con el final del mundo micénico (VER La historia), representará para los griegos posteriores el final de una era en donde los hombres tenían capacidades extraordinarias, se juntaban y combatían con los dioses y emprendían aventuras inimaginables. La poesía homérica surge en un periodo en el que la gloria del pueblo helénico se conservaba en el recuerdo de esas hazañas y en las ruinas de las ciudades del pasado. También para nosotros los cantos y los restos son la ventana a ese mundo.

Bibliografía

Ruiz de Elvira, A. (1982), Mitología Clásica, Madrid: Gredos, 2º ed. corregida.

Nagy, G. (2011) “Hero”, en Finkelberg, M. (ed.) The Homer Encyclopedia, Londres: Wiley-Blackwell.

Antonaccio, C. M. (2011) “Hero-Cult”, en Finkelberg, M. (ed.) The Homer Encyclopedia, Londres: Wiley-Blackwell.Strauss Clay, J. (2011) “Heroic Age”, en Finkelberg, M. (ed.) The Homer Encyclopedia, Londres: Wiley-Blackwell.

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